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La tristeza de los Orisas II


Por qué olvidan que la espada de la ley sólo puede ser manipulada por la mano derecha del amor, insistiendo en empuñarla con la mano izquierda de la soberbia, del poder transitorio, de la ira, de la mala ilusión, transformándola en sólo una espada sembradora de tormentos y destrucción...

Entonces Ogún comenzó a retirar su armadura que representaba la protección y firmeza en el camino espiritual que ése Orixá trae para nuestra vida. Y lo puso firmemente frente a Iemanjá. Clavó su espada en el suelo. No quería más luchar, no de aquella manera. Estaba cansado.

Luego un estruendo fue oído y el querido pero también temido Tata Omolú apareció.

Y por increíble que parezca, lo mismo ocurrió. Él no aguantaba más ser visto como una Divinidad de la peste y de la Magia Negativa. No entendía como Él, el Guardián de la vida, podía ser invocado para atentar contra ella.

Se acongojaba por su guadaña de la muerte, que es el principio que a todo destruye, para que entonces la mudanza y la renovación sucedan, sea tan temida y mal comprendida por los hombres.

Él también dejó su guadaña a los pies de Iemanjá y se retiró su manto oscuro como la noche, se veía el mas lindo de los Orixás, aquel que usa una cobertura para no cegar a sus hijos con la inmensa luz de amor y paz que irradia todo su ser. La luz que cura, la Luz que pacifica, aquella que recoge todas las almas que se perdieran de la senda del Creador.

Infelizmente los hijos de fe se olvidaban de esto...

Pero, lo más increíble estaba por ocurrir.

Una tempestad comenzó a desatarse aumentando todavía más el aspecto increíble y tenebroso de aquella extraña noche. Y todos los otros Orixás comenzaron a aparecer, para luego, comenzar también a despedirse de sus vestimentas sagradas mas allá de dejar a los pies de Iemanjá sus armas y herramientas simbólicas.

Hacían esto en respeto a Ogún y Omolú, dos Orixás muy mal comprendidos por los Umbandistas. Hacían eso por ellos mismos. Iansá quería que las personas entendiesen que sus vientos sagrados son el soplo de Olorum, que esparce las semillas de luz de su amor.

Oxóssi quería ser reverenciado como aquel que con sus flechas doradas de conocimiento, rasga las tinieblas de la ignorancia.

Egunitá apagó su fuego encantador, al final nadie recordaba la llama que intensifica la fe y la espiritualidad, sólo recuerdan la que devora y destruye, los vicios de los otros, queda claro.

Uno a uno se fueron despidiendo pensando de qué manera los hijos de Umbanda comprendieron erróneamente a los Orixás.

Iemanjá, totalmente sorprendida y sin reacción, no sabía qué hacer.

Ahí, en ése instante fue cuando una irónica carcajada cortó el ambiente. Era Exú. El controvertido Orixá de las Encrucijadas, el Mensajero, el Guardián, también llegaba para la reunión, acompañado de Pomba Gira, su compañera eterna de jornada.

Pero los dos estaban muy diferentes de cómo normalmente se presentan. Andaban curvados, como llevando un gran peso sobre sus espaldas.

Tenían en el rostro, la expresión del cansancio, asimism
o se reían mucho, Ellos nunca perdían el sentido del buen humor.

Y los dos repitieron aquello que todos los Orixás dijeron al ir a la casa de Iemanjá. Se despidieron de todo. Exú y Pomba Gira sin duda, eran los que más razones tenían de allí estar.

Innumerables eran los absurdos cometidos por los hombres en nombre de ellos. Sin contar el preconcepto que el propio Umbandista ayudó a crear, dentro de la sociedad, asociándolo a la figura del diablo: ¡Hahaha, lamentable esa situación, hahaha, lamentable!

Exú lloraba, más Exú continuaba sonriendo. Esa era la naturaleza de este querido Orixá.


¡Iemanjá estaba desesperada!



Estaban todos allí, pidiéndole a ella un consuelo. Asimismo la encantadora Reina del Mar no sabía lo qué hacer.

¡Esperen, pensó Iemanjá! ¡Oxalá, Oxalá no está aquí!

Él con certeza sabrá como resolver esta situación. Y enseguida Iemanjá se puso en oración, pidiendo la presencia de aquel que es el Rey entre los Orixás.

Oxalá se presentó en frente de todos. Traía su Paxoró, el bastón que sostenía al mundo. Clavó a él en la tierra al lado de la espada de Ogún. También se despidió de su ropa sagrada para igualarse a todos, y su voz retumbó por los cuatro puntos del Cielo: ¡Olorum manda un mensaje a todos Ustedes mis hermanos queridos!









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